Editorial 2014/3-4

Editorial

Susana SANDER

Los acontecimientos actuales en la Francia de Voltaire nos recuerdan, nuevamente, que la crisis de valores por la que atravieza el mundo es, de manera radical, una crisis humana. La presencia de una Idea de lo humano en la que se funden los valores que han de dirigir todas las acciones de cada uno de los individuos en la comunidad humana es absolutamente necesaria para hacer frente a una sociedad que cada vez más se comporta como grupo gregario donde los individuos sólo viven para satisfacer sus intereses inmediatos, independientemente si esos van contra la misma especie. La agonía de lo humano se percibe tanto en Europa como en la mayor parte del mundo occidentalizado, por la expansión “civilizadora” de la sociedad del Mercado globalizado, que ha propagado un único valor: la mercancia y un único comprador: el individuo sin comunidad, sin significación humana, sin sentido.

Estamos dentro de una crísis de la cultura, del cultivo de lo propiamente humano. La obra de Paul Otlet es un manifiesto humanista propuesto para enfrentar esta crisis.

Esta depresión de la cultura no es nueva, ha venido persiguiendo a la humanidad desde mucho tiempo atrás: el siglo XIX, que conjunta la revolución científica y la industrial, carga dos fenómenos altamente significativos: por un lado, la Revolución Copernicana había generado la esperanza de los grandes pensadores, afixiados por los poderes terrenales monárquicos y eclasiáticos, de que la liberación del hombre del Cosmo cerrado para situarlo en el Universo infinito, lo llevaría a desarrollar su propia infinitud con todo aquello que lo engrandece como humano, particularmente el conocimiento universal. Esta posibilidad se viene abajo. Los empresarios consideráron que sin Dios, sin valores, sin orígen, todo está permitido. Dominar al mundo, al planeta, al otro yo, un ser más en la absurda gratuidad del universo, es la única conducta retribuíble ante la nada que espera después de la muerte. El afán de dominio y el “espíritu” de lucro serán conductas estimuladas por el individualismo ramplante del capitalismo moderno del siglo XIX fundado en el individualismo metodológico del neoliberalismo de la escuela austriaca de economía. Por otro lado, para finales del siglo XIX, las constantes innovaciones por la utilización intensiva de los conocimientos científicos en la producción, señalan que la ciencia ha cambiado sus finalidades y, con ello, su identidad sociohistórica: ahora es tecnología. Conocer para transformar y producir aquello que requieren, los dueños del mercado, descualifican también al propio conocimiento: será información.

El humanismo de Otlet tiene los siguientes principios: el conocimiento producido por todas las dimensiones humanas – arte, literatura, política, filosofía, religión, mito y ciencia es el conocimiento universal y es la más alta expresión de la humanidad. Las dimensiones humanas tienen su orígen en la comunidad concreta histórica de los hombres. El conocimiento al que primero transforma es al hombre mismo que lo produce formándolo como un ser universal. La cultura no es un conjunto de tradiciones, costumbres y creencias, es el cultivo de lo humano con aquello que le es propio: el conocimiento universal. Humanizar nuevamente al mundo requiere regresarle a cada hombre el conocimiento universal que produce la comunidad humana. Si el conocimiento de las ciencias naturales al aplicarlas a la producción habían unificado económicamente al mundo, el conocimiento universal podía unificarlo culturalmente. El mundo requiere de todos los esfuerzos colectivos para forjar una sociedad planetaria donde la paz entre las relaciones interhumanas sea el producto del conocimiento universal que posee cada persona. Los medios materiales producidos para universalizar el conocimiento en la sociedad mundial deben de estar subordinados radicalmente a la finalidad propuesta.

Estos principios se realizan practicamente cuando Otlet pone en marcha su plan para organizar las publicaciones de las ciencias sociales cuya sobreproducción las reducía a un caos de subjetividades.

Paul Otlet ideó una interpretación sui-géneris de lo que significaba el carácter positivo de las ciencias, para salvar, literalmente, la existencia de las ciencias humanas. Quizo entender Otlet que estas ciencias estaban siendo rechazadas en su època, no porque sus conocimientos fueran inútiles para el proceso productivo en virtud de la ausencia de hechos “duros” en su contenido, sino porque estaba oscurecida su importancia social por la falta de organización de sus `publicaciones. Es decir, las humanidades, vistas en el orden que les sería propio, contenidas de hechos y leyes, mostrarían que son fundamentales para el progreso de la sociedad positivista y de la comunidad humana, por lo que su comunicación universal requería ser implementada a través de un método y una estructura que permitiera su difusión mundial. La reducción de las publicaciones de las ciencias a sus elementos básicos cognoscitivos: hechos, leyes, estadísticas y métodos, sin el nombre de autor, e impresos en una ficha bibliográfica que constituye un documento, donde el conocimiento mantiene su carácter universal, que se potencia con una clasificación universal, dentro de un repertorio universal, que deberá ser reproducido y distribuído en todas las naciones, en todos los rincones del planeta, para que sea camunicado a cada persona y crezca humanamente con éste conocimiento hasta convertirse en un hombre universal dentro de una comunidad humana universal. El Repertorio Bibliográfico Universal constituye para Otlet el Cerebro del Mundo. Con la difusión de su contenido universalmente, por medio de un conjunto de instrumentos y máquinas que traspasen fronteras espaciales y temporales posibilitando que su contenido sea recibido por cada persona a través de todos los sentidos, principalmente la vista y el oído, se alcanzará una captación total que transformará cualitativamente a cada individuo en un cerebro del mundo, es decir en un humano, un hombre universal.

En este número temático sobre Paul Otlet, Alex Wright, haciéndo gala de una puntual biografía histórica de Paul Otlet, nos refiere las relaciones que estableció con arquitectos, escultores y urbanistas para el diseño de su proyecto de la Ciudad Mundial. Haciendo uso del Capítulo 6 “Castillos en el Aire” de su reciente libro Cataloging the World. Paul Otlet and the Birth oft he Information Age, Wright profundiza en la relación especial, casi emotiva de encuentros y desencuentros , con Hendrik Christian Andersen.

En su contribución, Jean-Philippe Accart nos deja ver la valoración que hace del pensamiento y la persona de Paul Otlet, partiéndo de la crítica a Alex Wright por sus adjetivaciones a los planteamientos humanistas y futuristas de Otlet, como visiones subjetivas e idealistas. Accart muestra las grandes líneas de la obra de Paul Otlet que ha configurando un nuevo valor al reflexionar sobre el hombre dentro de su globalidad, donde su comunicación sea eficaz a través de redes de información. El pensamiento de Otlet, nos dice Accart, sigue siendo actual.

Amanda Pacini de Moura, a través de un largo escrito, intenta llevarnos a la comprensión del documento como elemento fundamental para la organización de las relaciones sociales, a partir de la evaluación de algunos escritos de Otlet, así como la importancia del internacionalismo en la construcción de la documentación.

Susana Sander analiza el primer escrito de Paul Otlet: Un Peu de Bibliographie, con el objetivo de demostrar que en él ya está planteado el programa que realizara Otlet durante toda su vida y dará orígen a una nueva ciencia y a un nuevo objeto de estudio: el documento con características duales: pues será tanto información como conocimiento.

Con un motivante titulo, Max Noyer nos introduce a la problemática compleja y contemporánea que significa la destrucción de los campos de conocimiento que presentaba la enciclopedia, por los datos digitales de Internet. Pero, la actualidad de Internet con un nuevo pacto “imágenes, textos, sonidos”, evita que se pierda el significafo humanístico de las obras y su función política.

La segunda sección de este número reproduce total o parcialmente artículos publicados en el número 2003/1-2 de Transnational Associations/Associations transnationales, con la autorización de la Union de Asociasiones Internacionales (UAI).

Para Warden Boyd Rayward, recuperar a Otlet por su obra intelectual, por sus grandes ideas es mucho más importante que recoger los restos que quedaron de la realización de sus proyetos materiales. Es el el punto de vista que desarrolla el autor en este interesante extracto de un antículo publicado en 2003.

Desde una perspectiva estética y arquitectónica, Catherine Courteau nos da a conocer una de las facetas de la obra de Otlet, que enriquece su figura y dignifica más sus actividades: la arquitectura urbanísitca. El proyecto de Otlet de una Ciudad Global en colaboración con Le Corbusier, aún celabrado, destaca por las características que introduce en la planeación urbanística. Estas capacidades las adquiere Otlet de su asistencia asídua a los ambientes arquitectónicos y artísticos, cuyos miembros tienen diferentes enfoques del arte y la arquitectura. Sobresale, en este artículo de Courtiau, el carácter no utópico de la planificación que hace Otlet de sus proyectos, pues, ellos están fundados en conocimientos prácticos para estar adecuados a los fines humanístios, sociales e internacionales contenidos en sus escritos teóricos: tienen un lugar dónde realizarse.

En su extensa y amena colaboración, Stéphanie Manfroid y Jacques Guillen nos sumergen en las profundas y emocionales aguas de una biografía íntima, a través de los documentos personales de Paul Otlet, conservados en los archivos del Mundaneum, para dirigirnos a la comprensión, a través de fuentes directas, del anverso y el reverso de las actividades emprendidas por Otlet y el uso del conocimiento como un medio cualitativo para llegar a la paz.

El artículo de Paul Ghils recalca las implicaciones filosóficas de la utopía otletiana en sus dos dimensiones: la ambición de integrar los conocimientos de su época en un conjunto reticulario que recuerda las visiones de Leibniz y Novalis, de índole interdisciplinaria y a veces transdisciplinaria, y la perspectiva de una « Cité mondiale » inspirada en gran medida en el proyecto cosmopolítico de Kant.

Nader Vossoughian afirma que los diálogos que Otto Neurath tuvo con Otlet sobre la concepción clara del diseño, la estructura, funciones y finalidades sociales que debería tener el Palacio Mundial le permiten a éste dar un giro importante a su preocupación básica de normalizar los museos y convertirlos en “espacios universales”.

La rúbrica Variations incluye un ensayo de Philippe-Joseph Salazar, que analiza los presupuestos retóricos y éticos del discurso político. Se inscribe en la continuidad de las investigaciones que lleva el autor sobre el significado de la justicia en democracia y de las respuestas que propone a cuestiones tales como la venganza o los crímenes de lesa humanidad en los conflictos actuales.